“Son cosas de niños” es a menudo la respuesta rápida a una pelea o un conflicto entre compañeros de clase. Pero lo cierto es que, cuando las bromas de mal gusto se suceden, las peleas y las amenazas no son puntuales, cuando un niño se siente aislado en clase, deja de ser cosas de niños.

¿Cuándo terminan las cosas de niño y comienza el acoso? Ese es el punto crucial. No hay una barrera clara, a menudo el niño que ha sufrido acoso escolar no sabe explicar cuál ha sido el inicio de este proceso de martirio a que se ha visto sometido. Los padres no sabemos si debemos concederle importancia o no a lo que nos cuentan nuestros niños cuando se quejan de fulanito o de sotanito, y los profesores no pueden controlar los tiempos muertos en los que se incuba y desarrolla el acoso.

Lo cierto es que el problema está más presente que nunca, lo tenemos delante de nuestras narices. No hay más que encender la televisión y escuchar las noticias, incluso en las pausas publicitarias “Se buscan valientes”.

En este sentido, nuestro colegio está más que sensibilizado con esta realidad. La visita de la Policía al centro para hablar de este tema y otros, tanto a alumnos como a padres, es una evidencia clara. Ahora la pelota la tenemos los padres, en realidad siempre la hemos tenido nosotros. Mirar a otro lado, justificar ciertas actuaciones con el “son cosas de niños” o “no es para tanto” sólo agrava el problema.

En los últimos tiempos, la sobreprotección y la delegación a los centros escolares de una instrucción que compete a los padres está provocando serios problemas de disciplina en las aulas. Y es que en muchas ocasiones los adultos nos comportamos “como niños”, cuestionando a los profesores sistemáticamente y negando cualquier comportamiento erróneo en nuestros hijos. 

No nos convirtamos en espectadores, pero sobre todo no fomentemos con nuestro modelo actitudes de acoso en los niños.